Agustina La Reina (3): la artista que acompañó a Pastora Imperio en el estreno de "El amor brujo" (1915)

18/01/2015

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El 21 de septiembre de 1936, se toma esta fotografía, que nos sirve de epílogo para cerrar la serie de artículos dedicados a la bailaora Agustina Escudero, una mujer excepcional, cuyo rastro se ha transmitido de generación en generación, siendo precisamente su bisnieto, el escritor Joaquín Albaicín, quien rescata la imagen de los archivos del diario ABC, y publica su magnífico artículo “La otra generación del 27”.

 

No se puede reunir más arte en una sola fotografía. Describe, Joaquín:

 

<<En el centro agachao, casi un niño Fati, bailaor de la dinastía de los Pelaos. En la fila central, de izquierda a derecha, el segundo es Manolo Caracol. A su lado asoma el guitarrista Pepe de Badajoz. Siguen la Niña de los Peines, el entonces pianista -y, en el futuro, matador de toros- Rafael Albaicín, Pastora Imperio, Argentinita, Agustina Escudero (modelo de Zuloaga y madre de los Albaicín), la actriz Catalina Bárcena, el bailaor Miguel Albaicín y Pilar López.>>

 

El rostro de Agustina aparece agazapado entre La Argentinita y la actriz Catalina Bárcena. Ella es una mujer que brilló en los lienzos y en el amor de los suyos, no busca un lugar preeminente en la fotografía. No lo necesita. Se basta con sí misma y el orgullo que debía sentir por sus dos hijos: Miguel, el bailaor que quiso ser torero y había debutado con Argentinita en el ballet “Las calles de Cádiz” (1933); y Rafael, que en aquel momento deseaba consagrase como pianista, aunque el destino le tenía reservado un sitio de honor en el mundo del toreo.

La flor y nata de artistas que actuaron ese día en el Teatro Calderón es algo que, con solo imaginarlo, deja a cualquiera sin habla.

 

Agustina y Pastora Imperio, juntas de nuevo en la fotografía, están rodeadas por la nueva generación que se abre paso en medio de grandes dificultades.

 

En el aire se quebraba el cante de Manolo Caracol y el de Pastora Pavón, la Niña de los Peines, cuya mítica voz de “estaño derretido” nos deleita en estas alegrías grabadas de 1929. Zuloaga contó que una vez llevó a Stravinsky a oirla, y el compositor ruso quedó maravillado y exclamó: “¡Qué prodigio! Nosotros que creíamos estar haciendo algo nuevo en música, y resulta que todo está ahí ya, en la garganta de esa mujer.”

 

 

En el medio de la foto vestida de blanco, poseida por una majestad que parece hacerles a todos girar sobre su centro, esta Encarnación López, la Argentinita. Atrás habían quedado los años de felicidad junto a su gran amor, el torero Ignacio Sánchez Mejías. No hacía mucho que habían estrenado en el Teatro Español (1933) el ballet “Las calles de Cádiz” de cuyo libreto era autor el malogrado torero. Fue, precisamente, en ese espectáculo donde debutó el joven Miguel Albaicín.

¡Cuantas cosas habrá relatado Miguel a su sobrino nieto, el escritor Joaquín Albaicín! Vivió momentos trascendentales. El bailaor fue testigo de la conmoción que sacudió a los artistas, sintiendo en carne propia la muerte Ignacio Sánchez Mejías, que Lorca inmortalizó en sus poemas.

 

Los reproducimos en la voz de Paco Rabal:

 

 

Argentinita quedó desconsolada por la muerte de Ignacio, y para olvidar la pena que corroía su alma, emprendió una gira por América con su compañía en la que también viajó Miguel Albaicín. La fatalidad, una vez más, hizo que regresan a Madrid en julio del 36, pocos días antes de estallase la Guerra Civil.

 

Las sonrisas de la foto son una mera apariencia, un disfraz, una careta de gestos alegres en tiempos de desgarro interno. La muerte rondaba a los artistas y el miedo se instaló en ellos como una consecuencia del horror cotidiano. Es necesario leer el artículo de Joaquín Albaicín para darnos cuenta de alguna de las “realidades” que estos rostros escondían. Bailaores, cantantes, actrices son llevados de aquí para allá a festivales en pro de la República. Escribe Joaquín:

 

"(...) la alegría aparente de los artistas, que encubre sus esperanzas de fuga de un Madrid sitiado y cacheado cada noche por la Brigada del Amanecer, los Linces de la República y otras cuadrillas de ejecutores que habían ya amenazado de muerte a Joaquín Turina y asesinado de un disparo en la nuca, en la Puerta del Sol y a plena luz del día, a Rodero, el fotógrafo taurino de la calle del Príncipe. Quedaba apenas un mes para que dieran el «paseo» a Ramiro de Maeztu y dos para que acabaran con el comediógrafo Muñoz Seca. Y tres sólo para que mataran también vilmente a Valencia II, a quien no sirvió de nada torear en Alicante a beneficio del Frente Popular sólo un día antes de ser tomada esta foto... Sé por boca de mi tío Miguel, pareja artística por aquel entonces de Argentinita, en cuántos festivales a favor de «la causa» hubo de participar. ¿Cómo decir no? La otra opción era ser fusilado «por fascista»."

 

Este testimonio coincide con lo que la hermana de Argentinita, Pilar López le cuenta al escritor Ángel Álvarez Caballero en su libro “El baile flamenco”: <<trabajábamos en todos los festivales que nos decían. Había días que trabajábamos en cinco, en seis, en siete, en diferentes barrios. Íbamos por ejemplo, a un cine de Cuatro Caminos, como después nos llevaban a la Gran Vía, al Rialto, o al Palacio de la Música o donde fuera, hacíamos otro par de bailes, después íbamos al barrio de las Ventas, a otro cine que allí había, etc... Todos los días nos encontrábamos los mismos, o sea con todos los artistas que en ese momento estábamos en Madrid. Como era por ejemplo, por citarte alguno, la actriz Catalina Bárcena, que salía la señora a decir un monólogo, y nosotros salíamos a bailar una cosa, y yo salía a bailar otra, y después salía un actor y recitaba unos poemas, salía una persona que tocaba el violín, y tocaba otra pieza... Venían aquí a buscarnos en un coche grande, muchas veces iban ya en él dos o tres artistas, nos metíamos nosotras vestidas con el traje de escena para no andarnos cambiando ni nada, con un abrigo por encima, un mantón o lo que fuera... Llegábamos a un teatro o a un cine, actuábamos, y después nos llevaban a otro en distinto barrio...>>

 

Sin embargo, Argentinita y su hermana Pilar López fueron de las pocas que lograron escapar, gracias al pasaporte argentino de Encarnación, se marcharon a través de Orán. En América se juntaron con los otros artistas españoles que ya se habían ido, como Carmen Amaya, con quien se hacen esta foto en NY, bailando en porche de su casa.

Un trozo de España se quedó en América.

 

Entre los que aquí permanecieron y lograron salvar su vida "por los pelos", estuvo Rafael Albaicín, el menor de los hijos de Agustina. Según nos sigue relatando su bisnieto Joaquín:

 

<<mi tío, hermano de mi abuelo: Miguel Albaicín, pareja de baile -ya lo hemos dicho- de Argentinita y su hermana Pilar. Había logrado evitar su envío al frente gracias a su dominio del francés e inglés y a los buenos contactos de Pompoff y Teddy, que le recomendaron como intérprete al Ministerio de la Guerra. En virtud de aquel providencial enchufe, había salvado la vida mi abuelo días atrás. Un funcionario alertó a mi tío de que en la lista de los que en cierta checa iban a «pasear» esa noche figuraba uno con sus mismos apellidos: García Escudero. Gracias a aquel aviso pudo por los pelos y a costa de mucha porfía, sacar a su hermano del umbral de la muerte. La noche en que fue disparada la foto que motiva estas líneas, el filo de la guillotina pendía aún sobre la cabeza de Rafael... Y siguió pendiendo hasta el día en que Rojo entregó Madrid.>>

 

El amor de una madre como Agustina, que se esfuerza, a pesar de que ella era analfabeta, para que sus hijos estudiasen idiomas, logra el milagro de protegerles frente a la muerte y los horrores de la guerra.

He querido significar en estos capítulos la grandeza de Agustina Escudero. Una mujer, que parió arte, dió y salvo vidas, y permanece eterna sonriéndonos en los lienzos y mirándonos para siempre con unos ojos negros de “siniestra belleza”.

 

¡Ave, Agustina, Reina de los Gitanos!

 

MERCEDES ALBI

 

 

 

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