"Sinergia", la corriente que emana desde la entraña de Manuel Liñán, en el Fernán Gómez

01/07/2015

 Un hombre solo, llamado Manuel, es arropado en escena por tres grandes músicos: la guitarra de Víctor Márquez "El Tomate", y al cante Miguel Ortega y David Carpio. 

 

No hay nada más, ni nada menos. Nada es superfluo y todo es esencia, pura entraña de bailaor, corriente de arte que desde él se genera, porque sobre la escena baila aquel  que todo domina, pero  a cambio todo entrega. 

 

La complicidad con los músicos es absoluta, ellos están completamente integrados formando parte de la imaginativa puesta en escena, cuya desnudez es mera apariencia porque él hace que las cosas cobren vida. Las sillas, únicos elementos decorativos, abandonan su estatismo, y un simple cambio de ubicación les confiere nuevos y sugerentes significados: son sus compañeras, o las ausencias que miran como si el fantasma del recuerdo se sentase invisible sobre ellas... Hay muchas sugerencias, pues Manuel baila preso como de una energía superior, una fuerza poderosa y transformadora que lo hace transitar por los diferentes palos, bajo distintos estados de ánimo, porque "Sinergía" es vivir en compañía del arte y con los demás artistas en un cuerpo único.

 

 Es un juego que se lidia con la soledad, con la perpétua búsqueda, con el entusiasmo y con unos pies de vértigo que parece conducir al bailaor hacia el éxtasis.

 

La corriente que genera es contagiosa, invasiva y el público queda abducido en el mundo de Liñán, ovacionando cada secuencia coreográfica. Todas enganchan, porque además contienen un fondo poético. Pero si me tuviera que quedar con alguna, escogería la emoción que se siente en aquella en que aparece vestido con un simple pantalón y camiseta sin mangas, y con la guitarra, bailando acompañando la luz que atraviesa el escenario. La iluminación es importantísima en "Sinergía", es la fuente primigenia de la que extraen la misteriosa fuerza que les domina.

 

Otra escena muy poética es cuando Liñán se arrodilla ante el guitarrista, y la guitarra deja de sonar, como un corazón traspasado que ha dejado de latir, entonces es el propio bailaor quien se acerca y hace sonar las cuerdas devolviéndole la vida.

 

Todos sus bailes están inflamados por la magia de su duende arrollador, que es pura fuerza que se le sale y le hace prescindir del purismo, porque la energía del movimiento es superior a la contención de la forma clásica, y se revela en sus personales giros de manos, o ruptura de la línea con movimientos de cadera.

 

Liñán con música, sin música bailando al silencio, en la quietud de su pena, y en la pasión de su alegría, porque se convierte en una parte más de esa unión rítmica con sus intérpretes que es sinergía. El bailaor se vuelve música en el sentido filosófico de Shopenhauer, que si le hablase diría: Manuel, "en la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad".

 

Tu haces música y haces mundo. Gracias por habernos llevado hasta él.

 

PAOLA PANIZZA

 

 

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