Conversaciones desde el Ateneo: entrevista a Lázaro Carreño

18/03/2018

 Conversar con el maestro Lázaro Carreño es como emprender un viaje por la historia del ballet de la segunda mitad del siglo XX. Él estuvo allí. Desde su infancia en un lugar remoto de la isla de Cuba nadie hubiera pensado que aquel niño bailador en las comparsas llegase a ser una estrella internacional de la danza. La firmeza y determinación de su carácter fueron los artífices de ese milagro, y nunca dejó pasar una oportunidad, las cogió la vuelo, siendo el único bailarín becado para estudiar en la Academia Vaganova de San Petersburgo (entonces Leningrado) donde se formó.

 

Los escenarios del mundo fueron testigos de su arte, una danza que es un alarde técnico de absoluta elegancia, como si volar no constase esfuerzo. 

 

Es muy amena su conversación, un arte que también domina, pues sabe embelesar con esa dulce simpatía  propia de los cubanos. Pero que nadie se llame a engaño, no se doblega. La rectitud de su pose de bailarín hace que no recline su espalda ni un momento sobre el asiento. Siempre será bailarín, un danzante de la vida, de la que toma y a su vez transmite a los demás lo que ésta generosamente le ofreció. 

 

Lázaro Carreño es el pilar sobre el que se funda toda una saga de bailarines cubanos, la dinastía Carreño.

 

-¿Cuál es el secreto que hace de los Carreño una saga?

 

-Los primeros Carreño que formamos parte del Ballet Nacional de Cuba fuimos mi hermano Álvaro y yo. En aquellos tiempos, la dinastía predominante era la de los Alonso, pero no tuvo continuidad, y no hay bailarines Alonso en la actualidad.

 

Sin embargo, en la siguiente generación de Carreño estuvo mi sobrina Alihaydée, luego José Manuel y Yoel, y todos llegaron a bailarines principales.

 

 Lázaro Carreño con su sobrina Alihaydée en su debut como Giselle

 

-¿Debe haber algo en la genética?

 

-No sé lo que es, pero es posible que haya algo en la sangre que se transmite. También ayuda el que los niños vislumbran un camino que sus familiares ya han abierto, y ellos se motivan porque somos su referente, un incentivo para superarse. Y al final lograron su sueño, aunque los tiempos fueran distintos, porque el ballet evoluciona en cada generación.

 

-¿Cómo consideras que ha sido esta evolución del estilo balletístico?

 

-En mi época ya empezaba a cambiar, pero todavía se mantenía la técnica académica y no existía el “circo”, que es como llamamos a las nuevas técnicas y los grandes pasos de virtuosismo.

 

-¿Ha evolucionado la técnica del baile femenino tanto como la del masculino?

 

-En la mujer, el virtuosismo se ha mantenido dentro de unos mismos cánones, pero en el hombre ha evolucionado mucho más. 

 

Yo he sido testigo de ese cambio.

 

-¿En qué consiste el cambio?

 

 -Verás, diez años antes de mi época como bailarín, el hombre se limitaba a ser el paternaire de la bailarina, y es a partir de los 60 cuando comienza un desarrollo técnico vertiginoso. Fue Nureyev quien inició ese cambio.

 

Las exigencias técnicas empiezan a nivelarse, y a finales de los 60 el hombre casi se ha equiparado con la mujer. Pero no para ahí la cosa, pues llega un momento, a partir de los 70, en que el hombre casi se lucía más que la mujer sobre el escenario.

 

El salto de la generación que me precedía a la que yo viví fue enorme. 

 

-¿Cuándo percibiste por primera vez ese cambio?

 

-Me di cuenta siendo niño y en el Kirov. En San Peterburgo, cuando yo empecé a ver ballet, me di cuenta viendo a Dudisnkaya y Sergeyev, al mismo tiempo que coincidían sobre el escenario con la siguiente generación, Ivanoff, Budarin... Yo entonces solo tenía once años y percibí claramente la diferencia.

 

 Dudinskaya y Sergeyev en el Cisne Negro (Vídeo)

 

-Pero, ¿Cómo comenzaste a ser bailarín?

 

-Empece por un engaño. Yo vivía en Fomento, en la zona central de la isla de Cuba, muy alejado de las capitales principales. Un día en el periódico, publicaron unas planillas que había que rellenar para presentarse a una audición en la que ofrecían becas para estudiar danza. 

 

En la planilla ponía “danza” no “ballet” y yo era bailador, no bailarín; bailaba en las comparsas de mi pueblo, en las fiestas sobre las carrozas... Y era muy popular en Fomento, me conocían como “el hijo del Chino Carreño, el que baila”. Lo de “Chino” es el apodo de mi padre porque somos descendientes de asiáticos... Así que me engañaron, y no sabía bien a lo que iba.

 

Mi padre nos apuntó a cuatro hermanos, tres chicos y una chica. Y es que éramos once, solo trabajaba él y tenía muchas bocas que alimentar, de esta forma, si nos becaban, lograba aligerar la carga familiar.


Pasaron un par de meses y nos citaron en la ciudad de Santa Clara. En la audición concurrieron un total de 2.018 niños. Y ¿Sabes qué ocurrió?..

 

-¿Qué?

 

-Pues que escogieron a 4 varones y 3 hembras, y de estos 4 chicos... ¡Nos eligieron a los 3 hermanos Carreño!

 

Dejamos la familia y nos fuimos a La Habana. En la beca nos daban todo, alojamiento, comida.. Todo lo que necesitábamos.

 

Al año, mi hermano mayor lo dejó porque no le gustaba. Y nos quedamos Álvaro y yo.

 

-¿Qué edad tenías?

 

-Ocho años.

 

 Lázaro Carreño en el Cascanueces

 

-¿Cuándo fuiste a Rusia?

 

-Al termino del tercer año de estudios, anunciaron que había una plaza para ir a estudiar al Kirov, era una beca para el mejor estudiante. Y era yo, así que la gané; tenía 11 años e iba camino de cumplir los 12.

 

 Alicia Alonso en la Academia Vaganova con el niño Lázaro Carreño

 

-Sería duro el cambio... ¿Te gustó?

 

-Pienso que la mayor dicha que pude haber tenido en mi vida ha sido estudiar en la Escuela Vaganova, gracias a ello logré los conocimiento que tengo.

 

Es el mejor tipo de enseñanza, prueba de ello es que la metodología, a pesar de haber sido de las más antiguas de las que hay constancia escrita por los grandes maestros, todavía sigue siendo válida y se imparte en sus líneas generales, y solo modificada en algún detalle.

 

-¿Por qué crees que es la mejor escuela?

 

-La escuela francesa posee peculiaridades muy interesantes, como el trabajo de pies, la pulcritud de la línea... Pero la escuela rusa es la más completa respecto al baile.

 

-¿A qué te refieres?

 

-Me refiero al baile como la exacta coordinación entre el movimiento del cuerpo con las bases técnicas académicas. Para saberse mover coordinadamente no hay mejor escuela.

 

Por ejemplo, cuando marcas un ejercicio a los bailarines, no necesitas indicar cuál es el movimiento del brazo, yo les marco un ejercicio, y no preguntan "los brazos como los quiere"... Porque el alumno entrenado en técnica Vaganova ya lo tiene aprendido. Hay una ley académica que establece la lógica coordinación de los brazos y la cabeza. 

 

-¿Hubo más bailarines cubanos formados en Rusia?

 

-La primera en ir allí fue Menia Martínez, y el otro fui yo, el único que fue de niño.

 

-También los rusos se sorprendían cuando veían bailar ballet a los cubanos...

 

-Nos llamábamos mucho la atención los unos a los otros de forma recíproca. Los rusos tienen mucho temperamento bailando, pero sin embargo les falta un “no sé que” que poseemos los cubanos...

 

-¿La gracia?

 

-Algo así, no hay que olvidar que los grandes bailarines no están hechos de grandes pasos, sino de pequeños detalles. Es importante cómo llega, cómo sale, como presenta los pasos...

 

 

-Una vez terminas tus estudios en la Academia Vaganova, ¿No te quedas en Rusia?

 

-No, yo iba allí para aprender y era obligatorio volver a Cuba. Regresé en el 69, justamente cuando el gobierno promulgó una ley por la que todos los graduados de la revolución, al terminar, tenían que ir donde la revolución los ubicase, no donde uno quisiera.

 

-¿Dónde te mandaron?

 

-Se fundaba el ballet de Camagüey, y aunque me querían en el Ballet Nacional de Cuba, me enviaron al de Camagüey pues era la inauguración oficial de la compañía y necesitaban bailarines. Como había pocos, bailé como un condenado, faltaba gente para los roles de solista y también tuve que hacer algunos principales sin tener la categoría, lo hacía por necesidad. Esto me hizo aprender mucho.

 

-¿Hasta cuándo estuviste en el Ballet de Camagüey?

 

-Estuve poco tiempo, no llegué a estar un año, pero agradezco haber estado allí. Fernando Alonso y Alicia me llaman para prepararme y que me presente al concurso de Barna. Era en año 70...

 

Y gano el concurso, Primer Premio Juvenil, entonces Fernando me dice: “usted no regresa a Camagüey”.

 

-Y ya formas parte del Ballet Nacional de Cuba.

 

-Entro, sin embargo, como cuerpo de baile, no como en Camagüey que hacía roles de solista, pero me empecé a imponer poco a poco y se daban cuenta de mi estilo y facultades y de que ninguno lo hacía como yo. Así que comienzo mi ascenso, en el 72 solista, en el 74 principal y en el 76 primer bailarín.

 

-¿Cuál fue el papel de tu estreno como primer bailarín?

 

-Ya me había estrenado sin tener el titulo desde el 74. Mi estreno fue con "Giselle", mi ballet preferido artísticamente, y coincidió con la invitación de Alvin Ailey para ir a bailar a New York con su compañía, y allá que fuí, siendo el primer bailarín cubano que bailó oficialmente sin dejar Cuba en el Kennedy Center.  

 

-Me gustaría saber porqué no te exiliaste.

 

-Te soy sincero, y confieso que me hicieron muchas ofertas a escondidas, incluso Barishnikov me lo propuso. No quise irme porque yo en Cuba era feliz con mi carrera, con mi familia, y siendo bailarín estrella tenía privilegios de los que no gozaba todo el mundo. Yo me sentía feliz. Y además, en aquella época, una vez dabas el paso de marcharte ya no podías regresar, abandonabas todo y no volvías a ver a tus seres queridos. Jamás se me pasó por la cabeza marcharme.

 

-¿Te has arrepentido de no haberte marchado?

 

-No, porque me siento orgulloso del trabajo realizado en el Ballet Nacional de Cuba que es mi compañía y de la que todavía soy miembro honorífico. Muchas de las bases que  hoy en día existen en la escuela cubana son producto de mi aportación.  En ocasiones, cuando existían dudas, acudían a mí y esto fue algo que me ha enriquecido, el poder transmitir y no dejar solo para mí mismo todo lo que había aprendido.

 

-Me han contado que pronto la Editorial Cumbres publicará un libro tuyo, ¿De qué se trata?

 

-Es sobre el paso a dos, y está dedicado a la Escuela Cubana de Ballet, quiero que sea como el legado que yo le ofrezco.

 

-Dime, sino es indiscrección, a cual de las cuatro joyas del ballet cubano recuerdas con más admiración.

 

-A Josefina Méndez. Ella fue mi primera maestra de ballet y además, cuando empecé a bailar roles principales, bailé con ella. Fue todo un acontecimiento muy emocionante, tanto para ella como para mi.

 

 Josefina Méndez

 

-Y con Alicia Alonso ¿has bailado?

 

-Con Alicia fui de los últimos que bailaron con ella. Yo tenía tanto repertorio y tanto que bailar que nunca imaginé que iba a formar parte de de la historia de los partener de Alicia. Fue una gran sorpresa y orgullo como artista, y aunque yo labré mi propia historia, el hecho de haber sido pareja de Alicia te eleva aún más en la historia del ballet.

 Lázaro Carreño y Alicia Alonso

 

-Es una mujer que impresiona mucho, todavía en la actualidad observo que, cuando Alcia Alonso llega a una sala, todo el mundo se queda sin habla. Me parece una persona inteligentísima.

 

-Alicia, en giras, cuando le hacían entrevistas y algún indiscreto le preguntaba por temas de política, ni te imaginas como sabía darle la vuelta y el periodista llegaba a olvidarse de lo que le había preguntado. Es una mujer tremendamente perspicaz.

 

En Cuba, el cargo de primera dama como mujer de presidente no existe, y yo pienso que la primera dama, en el sentido de la mujer que representa el país, no ha sido otra sino Alicia. Durante casi 60 años de revolución ha sido la persona más significativa de Cuba en el extranjero. En todos los países que visitábamos le rendían honores. Hemos viajado tanto...

 

-¿Muchos viajes?

 

-El Ballet Nacional de Cuba en nuestra época... hemos viajado muchísimo, es más, creo que no ha habido ninguna compañía que haya viajado tanto, no me cabe la menor duda.  De doce meses estábamos viajando nueve, era un no parar. A España veníamos dos veces al año, hemos bailado en todos los teatros.

 

-¿Tu favorito entre todos los teatros del mundo?

 

-Mi teatro: el Gran Teatro García Lorca de la Habana. Siempre fue mi teatro y lo seguirá siendo desde mi admiración y total afecto. Además de ser miembro honorífico del Ballet Nacional de Cuba, sigo trabajando con ellos cuando Alicia me llama y tengo tiempo.

 

 

-¿Por qué viniste a vivir a España?

 

-Alicia misma me ofreció venir a la cátedra y permanecí en la universidad dos años. Cuando se fundó la cátedra Alicia Alonso en el 92, yo todavía bailaba, y seguí bailando hasta el 99, en que paré.

 

Nunca pensé vivir fuera de Cuba, pero siempre dije que después de conocer el mundo, el único país en que podría vivir sería en España, y aquí estoy. Agradezco mucho a España todo lo que me ha brindado. 

 

Mercedes Albi

 

 

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