Conversaciones desde el Ateneo: Alberto Portillo

09/09/2018

 

El maestro Alberto Portillo cumple 90 años y ha querido celebrarlo en La Castafiore, un famoso restaurante de Madrid conocido por sus camareros cantantes de ópera que amenizan las cenas entonando arias de repertorio. Y es que fue en este mismo local frente al Teatro María Guerrero, dónde el maestro tenía ubicado su estudio de danza.

 

Se siente muy feliz rodeado de numerosos amigos que han acudido a su fiesta. “No se cumplen 90 años todos los días”, nos dice. 

 

 

Lo cierto es que  es que no los aparenta en absoluto. Le pregunto cuál es su secreto para vencer al tiempo y me contesta que “trabajar y trabajar, pues no he parado y creo que en ello está la causa de mi vitalidad”.

 

Ha sido todo en la danza: bailarín con un registro tan amplio que pudo compaginar la danza española con el ballet clásico, siendo un pionero esta materia y el primer español alumno en la escuela del Royal Ballet; autor de numerosas coreografías y maestro, faceta que destacó la actriz Rosa Valenti en unas palabras pronunciadas en el brindis de la fiesta de cumpleaños: “ Gracias a como nos enseñaba Alberto era capaz  de hacer que las actrices pareciéramos bailarinas, y esto lo lograba porque es sabio”.

 

Le invito a conversar conmigo en el Ateneo y acude puntual a la cita con esa elegancia que caracteriza a aquellos que siempre serán artistas.

 

 

P-Un artista ¿nace o se hace?

 

-Yo creo que nace, y luego, perseverando con mucho trabajo, se hace. También hay que tener suerte, por supuesto.

 

P-¿Cómo fueron sus comienzos como bailarín?

 

-Cuando yo empecé no había nada de ballet en España. A mí me encantaba la danza desde siempre, pero no tenía en mente que iba a ser bailarín. Me vine desde Toledo a vivir a Madrid y comencé a trabajar de extra en películas.

 

P-Dígame el título de alguna en que lo podamos ver.

 

-Pues mi primera oportunidad fue en “Los últimos de Filipinas”, y era tan joven que a veces tenían que esconderme.

 

P-¿Esconderle?

 

-Sí, porque no resultaba creíble que un chico tan joven, casi un niño, estuviera en Filipinas pegando tiros. Por eso me sacaban de soslayo. El monaguillo que aparece de espaldas soy yo, y también cuando cantan la famosa canción, la habanera “Yo te diré...”, se me puede ver ataviado con sombrero al fondo, detrás de la cantante, en la parte superior de la pantalla.

 

Hice esta y otras películas, cuando tuve noticias de que el maestro Burguillos daba un curso de claqué y corrí a apuntarme. A mí la danza me gustaba muchísimo desde siempre. Estuve estudiando con él en su academia de la calle Relatores.

 

Entonces, leí en ABC que se convocaba una audición para un ballet del Teatro Fontalva, y me cogieron y allí empecé. Era un ballet dirigido por Marcela Tout. Recuerdo que había una pieza titulada Danza Macabra que, cuando la estrenamos, hubo un pateo monumental: aquí no estaban acostumbrados a la danza clásica, pero, sin embargo, a los bailarines extranjeros les encantaba.

 

 

P-¿Quiénes eran esos bailarines extranjeros?

 

-Los que venían a actuar en el teatro, como los Ballets Vieneses, que me incluyeron en su revista, y también otros alemanes, cuyas bailarinas me propusieron que me fuera con ellos... Esto me dio la idea de la danza me ofrecía un camino, pero sobre todo pensé que tenía que seguir formándome y me era imprescindible estudiar ballet.

 

P-¿Dónde lo estudió?

 

-Había clases en el Círculo de Bellas Artes, dónde conocí a Alberto Lorca y a Udaeta. Posteriormente, mi maestra fue Karen Taft. Yo siempre he estado compatibilizando mi trabajo con el estudio, sin parar...

 

Y como en España en aquellos tiempos no había trabajo para intérpretes de ballet, me matriculé en la academia de Luisa Pericet en la calle Encomienda para aprender danza española.

 

Me he formado todo lo que he podido, incluso también aprendí flamenco con El Estampío y la Regla Ortega.

 

P-Pero empezar a bailar en una edad adulta y llegar a dónde usted ha llegado, pienso que significa tener un enorme don natural para la danza.

 

-Sí, reconozco que he tenido mucha facilidad, un don especial para los pasos. En la academia de Luisa Pericet, en un mes yo ya bailaba el bolero y la Cachucha como si los hubiera bailado toda la vida. Y recuerdo que en el Fontalva, una bailarina belga empezó a bailar, y casi sin preparación yo hacía con ella los pasos a dos...

 

P-¿E ingresó en la escuela del Royal Ballet? Creo que usted fue a Londres gracias a Lolita Pedroso, la condesa erudita de la danza que impartía conferencias sobre danza española por todo el mundo.

 

-Sí, yo a la condesa le guardo un gran cariño como el que ella, pienso, también me tenía a mí. Yo solía acompañarla para mostrar pasos y piezas de las danzas españolas sobre las que hablaba en los textos de sus conferencias. Y fue en 1950 la primera vez que me llevó a Londres. Fuimos con ella un grupo de bailarines para ilustrar una conferencia con exhibición de bailes en el Covent Garden. Recuerdo que vino La Quica, José Greco… y con ellos estaba yo.  La conferencia tuvo un gran éxito. Y año siguiente volvieron a invitar a la condesa al Congreso de Maestros del Baile para dar otra conferencia. Fue algo tan memorable que fuimos portada en ABC. Nunca olvidaré que bajo del tren en la estación y ¡Me veo en las portadas del periódico!

 

P-Pero ¿Cómo es que se quedó en Londres?

 

-Fue el mismísimo Arnold Haskell, que al verme bailar le propuso a Lolita Pedroso que si yo quería me ingresaba en la escuela del Royal. Entonces, la condesa me gestionó una beca del Ministerio de Educación español para que me pudiera costear la estancia. Y allí me quedé. En España me decían que estaba loco de dejar el trabajo, porque yo entonces estaba en el elenco del Ballet del Liceo de Barcelona con Magriñá y Lolita Segovia... Pero lo dejé todo y me quedé en Inglaterra.

 

P-¿A qué artistas de ballet tuvo oportunidad de conocer en Londres?

 

-Imagínate, puede ver a las grandes estrellas del momento como Margot Fonteyn, Moira Shearer, Robert Helpman... Solían acudir a recibir algunas clases con los alumnos de la escuela.

 

P-Hábleme de las bailarinas divas de aquellos tiempos ¿Cuál le pareció mejor?

 

-Uff, qué difícil.

 

P-No le pregunto por españolas, sino las extranjeras, para no ofender (bromeo)...

 

-Margot Fonteyn era fenomenal, también como persona. Y Rosela Hightower técnicamente era muy buena. Sin embargo, Tamara Toumanova no tenía tanta técnica pero se sabía vender...

 

Aunque yo soy de los que piensa que a veces un port de bras emociona más que un tour a l´air.

 

P-Dígame, por ejemplo, una actuación de ballet que recuerde, así a bote pronto.

 

Pues a Alicia Markova bailando La Sílfide. Me impresionó muchísimo. Pero ¿Sabes qué fue lo que me hizo no olvidar su actuación? 

 

P-No. Cuénteme.

 

-No fue su forma de bailar, no fueron sus movimientos, sino sus poses en la quietud, lo que los artistas de escena llamamos el mutis.

 

 

P-¿Y en intérpretes masculinos?

 

-El que tenía, a mi parecer, un mutis inigualable a todos los que he visto, aunque no era bailarín de ballet sino de español, ha sido Manolo Vargas.

 

P-¿Cómo le fue en Londres?

 

-Muy bien, pero después de casi un año, cuando terminó el curso, echaba de menos España y regresé.

 

P-Renunció a su carrera en el Royal Ballet.

 

-Sí, y no me arrepiento. Era una vida con mucha competencia y muy dura. Yo me sentía más feliz en España.

 

P-Y hablando de felicidad... ¿Cuál es el público con el que más feliz se ha sentido bailando?

 

-El público sueco. Fui allí con Karen Taft y me contrataron como primer bailarín y coreógrafo en el Teatro Oskars de Estocolmo. Bailamos con gran éxito una coreografía que monté  “La viuda alegre” y una pieza llamada “Los celos y el viento”... Estuvimos en cartel casi un año.

 

P-Usted también ha tenido su propia compañía que actuaba en los Festivales de España; ha bailado en Dinamarca, en la Ópera de Copenhague en un Festival donde acudió la familiar real danesa y usted representaba la danza española; ha trabajado en el Teatro de la Ópera de Palermo, en La Fenice de Venecia... Y como artista invitado de otras compañías como la de Pilar López, participando en las representaciones que se dieron en el Teatro Sarah Bernhardt de París durante la Semana Española; también como artista invitado en el Ballet de Ximenez-Vargas... Y no voy a enumerar los teatros españoles...

 

-Y Japón, Nueva Zelanda. He hecho tantas cosas que me es complicado resumir.

 

P-¿Qué opina sobre la danza de hoy en día?

 

-La danza de hoy en día... Lo que pienso es que aquí hay gente bailando magníficamente bien, y a veces veo compañías que vienen de fuera que son espantosas. No entiendo por qué habiendo bailarines que salen en los conservatorios con tantísimo nivel, no los contratan y potencian. Hay que difundir la danza española y valorar y apoyar mucho más a las nuevas generaciones de bailarines, que repito, son excelentes.

 

Muchas gracias, maestro y muchas felicidades por su 90 cumpleaños.

 

MERCEDES ALBI

 

 

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