Olga Pericet gana el Max a la mejor intérprete femenina



Olga Pericet se alzó anoche en Málaga con el Premio Max de las Artes Escénicas a la Mejor Intérprete Femenina de Danza por su espectáculo Un cuerpo infinito, en el que explora el mito de Carmen Amaya. En esta XXIII edición de los galardones, la coreógrafa y bailaora estaba también nominada en la categoría de Mejor Espectáculo de Danza, por esta misma pieza. Es el tercer premio Max que gana Pericet tras los obtenidos por su espectáculo Pisadas (2015, Premio Max a la Mejor Bailarina Principal) y por su trabajo en De Cabeza (2009, Premio Max a la Mejor Coreografía). Un cuerpo infinito, que se estrenó en mayo de 2019 en los Teatros del Canal, se presentará el próximo 1 de octubre en la Bienal de Sevilla y el 14 de noviembre en Danza Valencia. Sobre Un cuerpo infinito

Un cuerpo infinito es un viaje de autoconocimiento físico y espiritual en torno a la legendaria figura de la bailaora para entrar en su propio universo creativo. No se trata de recrear un determinado repertorio, o repetir ciertos discursos históricos, sino de abrir la recepción hacia una de las bailaoras más “reconocibles” de la historiografía tradicional. Carmen Amaya como material creativo, como posibilidad, no como pretexto ni esencia.


Para este proyecto, una idea original de la propia Olga Pericet, la coreógrafa y bailaora ha buscado el asesoramiento dramatúrgico de Roberto Fratini, el acompañamiento coreográfico de Marco Flores, Rafael Estévez y Valeriano Paños y la dirección escénica de Carlota Ferrer. Las dos ya colaboraron juntas en La espina que soñó con ser flor o la flor que soñó con ser bailaora (2018), una pieza innovadora desde el punto de vista teatral (por su inmersión en los códigos flamencos) y también desde el flamenco, por mostrar una cierta permeabilidad a la hora de trabajar desde el lenguaje escénico contemporáneo. En La espina la mirada se dirigía a la vulnerabilidad. Aquí esa vulnerabilidad reaparece.


Si en Pericet hay una aceptación y un reconocimiento a un determinado estado del cuerpo, en la lejanía suena un eco que lleva al espectador a una Carmen Amaya distinta a cómo se ha contado. Una Carmen en la que, como recalca Pericet, había dolor y sufrimiento, mucho más del que puede parecer. Hasta el final de su vida sufrió graves dolores: en las caderas, en las rodillas, llegando a padecer una insuficiencia renal que no le impidió, sin embargo, seguir bailando. El único límite fue la propia muerte.


Olga Pericet la invoca en escena y cada una entra en el lenguaje de la otra. En los silencios, en la quietud, en los cimbreados de cadera, ahí está Carmen Amaya. Si la energía de Olga es centrífuga, la de Carmen es centrípeta, pero todos esos movimientos circulares son complementarios. En la escenografía vemos una constelación dibujada que refleja muy bien el movimiento de estos dos planetas que han decidido mirarse. Tras su presentación en el festival Mont de Marsan en julio de 2019, escribió sobre la pieza la crítica especializada: "... un trabajo de riesgo, comprometido y muy elaborado, con piezas realmente emotivas, envolventes, que están llamadas a hacer de la obra algo importante y trascendente para el estudio de las nuevas generaciones". (El Mundo).


Sobre Olga Pericet


Creadora internacional, la bailaora y coreógrafa Olga Pericet comparte desde hace casi dos décadas su vibrante arte con el público de los principales festivales y teatros del mundo. Bebe de la tradición y se lanza al abismo de lo nunca visto con espectáculos en los que late un flamenco de opuestos: oscuro y luminoso, femenino y masculino, inquietante y bello.


Licenciada en danza española y flamenco y conocedora del contemporáneo, la artista cordobesa es una de las mejores representantes de la renovación flamenca de la escena actual. Desde 2004, año en el que estrenó su primer espectáculo, la artista no ha dejado de trabajar. Ha compartido escenario con figuras como Ana Laguna, Lola Greco, Nacho Duato, Enrique Morente, Isabel Bayon, Joaquín Grilo, Merche Esmeralda o Carmen Cortés, entre otros. En 2018 recibe el Premio Nacional de Danza en la modalidad de Interpretación por “su capacidad de aunar las distintas disciplinas de la danza española, actualizándolas en un lenguaje interpretativo con sello propio” y por “su versatilidad escénica y su valiosa capacidad de transmisión”. “Pericet es innegablemente carismática y su técnica es deslumbrante”, dice de ella The Washington Post. Entre sus obras se encuentran La espina que quiso ser flor o la flor que soñó con ser bailaora, Pisadas, fin y principio de mujer, De una pieza y Rosa, metal, ceniza.


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