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Un "loco" que se convierte en clásico (crítica)


José Manuel Benítez. El Loco y Miriam Mendóza, Karsavina. Fotografía Merche Burgos

Rescatar el ballet "El loco", estrenado hace 18 años y "desempolvado" del baúl del tiempo, con el renovado estreno que tuvo lugar ayer en el Teatro de la Zarzuela, ha sido otro acierto de su actual director, Rubén Olmo. Y es que Rubén sabe dar en la diana. Esta vez, su flecha apuntó directamente al corazón. Si bien en nuestra memoria queda aquel maravilloso y exhuberante ballet de "La bella Otero", ahora "El loco" se nos muestra en clave subjetiva; si la de ella fue una vida hacia fuera, el drama de Félix es un proceso interior, construído con los fantasmas de su mente. Sin embargo, la profundidad de los conceptos mostrados, el paso del tiempo en La Bella, y la locura en el caso de Félix, alejan la danza de cualquier lectura superficial, sin necesidad de apoyarse en cartela alguna.


La danza y el teatro son unos géneros nacidos juntos y de la misma madre: la escena. Se han ido definiendo a través de vehículos diferentes, el movimiento y la palabra. El primero, junto con la música, pertenece al campo de la abstracción y llega mudo y directo al sentimiento; el teatro, sin embargo, al apoyarse en la verbalidad, se dirige hacia el campo de la razón. El dramaturgo Paco López ha mostrado gran genialidad en la elaboración de la trama, sacando a la luz la historia del malogrado bailaor, que soñó con otros mundos que nunca pudo alcanzar, y su perfecta traslación al lenguaje de la danza.


Otro de los sustratos fundamentales en los que se apoya la obra es la música de Mauricio Sotelo, con la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por Manuel Coves. La partitura que es un prodigio de orquestación, perfectamente adaptada a la acción, crece y se adelgaza entre la ensoñación y la realidad cuál las sístoles y diástoles del corazón humano. Los momentos flamencos y la composición de Juan Manuel Cañizares se combinan sin interrupción, el leitmotiv de la jota de Manuel de Falla de "El sombrero de tres picos", otorga cohesión a ese único cuerpo sonoro que habita en la cabeza del protagonista.


El "elegido"


Podemos imaginar lo que supuso la elección del protagonista dentro del elenco de bailarines masculinos del Ballet Nacional... Y al ser tres los seleccionados para encarnar al "loco", José Manuel Benítez (Nino), Eduardo Martínez y Albert Hernández, entre el público entendido se generó la gran duda de a cuál ver. Las especulaciones estaban servidas. Elegir entre los tres es muy difícil, unos se decantaban por ir a ver a Eduardo, técnico y perfecto; otros por Albert, contemporáneo e imaginativo... Los fans de Nino, escogido para el estreno, sin embargo, sabían que nunca defrauda, que se adapta a sus roles con precisión y exactitud milimétrica. El peso de todas las miradas recaía sobre él, situándose en el punto de mira de un "mundillo" en el que hay gustos y opiniones para todo.


Ayer José Manuel Benítez nos desveló la incógnita de su elección. Cuando en la primera parte baila con Fran Velasco -el maestro de Félix en la ficción que le muestra los pasos- la elegancia que el primer bailarín despliega como un don, casi hace palidecer al protagonista y a cualquiera que se ponga a su lado. Sin embargo, a medida que el ballet avanza, el espectador va siendo consciente de que Nino encaja en el papel de Félix Fernández como anillo al dedo. Su interpretación del desvalido bailaor, conmueve hasta el punto de hacer que se nos salten las lágrimas.


Miriam Mendóza fue una Karsávina de toque poético, grácil y delicada; Carlos Sánchez fue un Massine perfecto; Jesús Florencio bordó el papel de maestro de baile; Esther Jurado desató los aplausos del público con su baile de alegrías con bata de cola; Rubén Olmo como Diaghilev y Corregidor, también estuvo excelente... Demostrándose una vez más la solvencia del elenco del Ballet Nacional de España, capaz de asumir unos cambios de registro muy flexibles.


La coreografía de Javier Latorre


Javier Latorre ha creado una coreografía que es una simbiosis perfecta entre gestualidad y danza, en la que los diferentes estilos quedan marcados por la historia y los personajes de forma totalmente natural. El flamenco puro luce en las escenas del tablao de la primera parte (garrotín, alegrías, farruca); la danza estilizada se atisba en la recreación de ·"El sombrero de tres picos", y el estilo contemporáneo aparece en las escenas de conjunto del manicomio sin que existan barreras entre ellos, porque es la trama la que justifica ese todo integrado tan expresivo al que solo pueden dar forma los grandes artistas. Pero la coreografía sabe trascender el mero ámbito de la danza y sus pasos, queda claro para cualquier aficionado al arte que la escena final es una Pietà, directamente inspirada en la famosa escultura de Miguel Ángel.


El mérito de como una obra basada en el contraste de dos mundos, la luz y la oscuridad, la ilusión y la realidad, quede tan unificada se debe también al buen hacer de la iluminación de Nicolás Fischel, sin olvidar el diseño de vestuario y la escenografía de Jesús Ruiz que supo dotar la escena de un aire antiguo e intemporal a la vez, bajo un cromatismo muy estético.


"El loco" del Ballet Nacional de España, al revivir acumulando la experiencia del pasado sin haber envejecido, ha creado un clásico digno de ser exhibido con éxito en los mejores escenarios del mundo.


MERCEDES ALBI

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