Éxtasis del Orfeo de Sasha Waltz



El Orfeo de Monteverdi estrenado ayer en el Teatro Real, y con el que se podrán deleitar los espectadores a lo largo de esta semana, es de esas representaciones que te hacen salir flotando del teatro como si el suelo no existiera y el peso del mundo cotidiano se hubiera extinguido por unos momentos.


Si muchas veces costosas representaciones operísticas adolecen de unos danzables mediocres, Sasha Waltz abre horizontes de integración absoluta en lo que todo fluye con absoluta exquisitez dentro del magma de una dirección musical, a cargo del maestro Leonardo García Alarcón, rebosante de sensibilidad. Supo hacer que sonidos se convirtieran en dulzura gracias al coro -Vocalconsort Berlin- y a la Orquesta Barroca de Friburgo, con instrumentos de época que se disponen en las dos esquinas del escenario.


Todo fluye, nada queda cortado ni compartimentado. Los solistas poseen todos cualidades actorales que conmueven y han realizado un enorme trabajo adoptando poses de danzas, como complicados portés que hacen que el espectador en ocasiones dude si nos encontramos ante un bailarín o un cantante. Destacó desde el inicio la maravillosa voz de la soprano Juliet Roset (Eurídice); Georges Nigl, Orfeo, conmovió especialmente en el aria "Tu se morta" con un registro vocal que se lucía más en las notas bajas; la mezzosoprano Charlotte Hellekan además de su perfecta técnica vocal, se movió por el escenario en un despliegue elegancia y saber estar. El bajo Alex Rosen, interpretó un Caronte para el que parecía estar hecho por su timbre vocal y sus condiciones físicas.


Si los solistas concretan la acción con la poesía de sus cantos, la danza complementa los sentimientos, agudiza la acción dramática con intensa sutileza. La danza está en todo momento presente a lo largo de la obra, prolonga el significado. El movimiento está plénamente imbuído de la filosofía de la obra, que no es otra que el concepto barroco de la fugacidad de la existencia. Pues, por ejemplo, cuando en el acto segundo muere Eurídice y los cantos reflexionan sobre lo limitado de las ilusiones humanas, los bailarines caen al suelo de forma repentina, ¿Qué mejor modo de transmitir la sobrevenida finitud?

Todo es uno: el coro baila, hasta el director de orquesta va descalzo como los bailarines y cantantes. Sin embargo la obra tiene un contraste evidente entre dos mundos: el luminoso de la existencia, y el oscuro que se marca al traspasar la laguna Estigia, que conduce al reino de los muertos. Pero todo está traducido por Sasha Waltz con una austeridad de elementos escénicos que no distraen en absoluto, es minimalista pero compleja, más bien pura. El vestuario es blanco, luego negro, no hay más color en los ropajes. Los dos mundos son evidentes sin necesidad de exceso de materiales. Frutas, flores, ramas de árbol configuran una simplicidad simbolista que toca el alma.


La escenografía es un templo griego donde se celebran las nupcias, que va transitando hacia el mundo oscuro en el que reina la barca de Caronte y que se va extendiendo desde el fondo del escenario hasta llenar todos los planos. Las filmaciones en el fondo amplifican, y conforman un espacio casi ilimitado, porque hay que tener en cuenta que la eternidad es infinita. Y la danza duplica las Eurídices, pues la soprano tiene su correlación con una bailarina como si esta fuera su espíritu.

Después del intermedio, esta parte espiritual del mundo de las sombras queda expresada únicamente con la danza de Sasha Waltz and Guests, no hay música porque la muerte es silenciosa. El alma de los bailarines o seres vivientes, son unas flores que les son tomadas y arrojadas al lago. A partir de ese momento la intensidad de la llegada de Orfeo, y la dramática pérdida de Eurídice cuando le es arrebatada al haber osado mirarla, y el dúo maravilloso que tiene lugar con la aparición del dios Apolo a Orfeo, y la danza final, es todo un éxtasis.


Todas las artes coordinadas en grado excelso nos conducen directamente a este paraíso teatral del universo órfico creado por Sasha Waltz and Guests.


MERCEDES ALBI

Fotógrafo © Javier del Real |Teatro Real

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