Vicente Escudero: Pintura que baila (2)

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Nadie mejor que yo conoce la importancia capital que en cualquier arte tiene la técnica. Tal vez ningún otro haya trabajado tanto como yo, en cuanto al baile se refiere, para sorprender sus últimas esencias y dominar su externa expresión, que constituye, a mi ver, la aspiración suprema del artista. Este debe dominar en modo superlativo la técnica de su arte peculiar. Para mí, en este caso, el baile, y no juzgo inmodestia afirmando que lo he conseguido. En cambio, no es necesario que domine todos los secretos de la expresión artística de otro arte que no sea el suyo.


Desde luego, yo no sé dibujar ni pintar, y estoy convencido que esa terrible ignorancia -que en mi arte propio, el baile, sería un terrible limitación- es la que me permite plasmar con total libertad, sin trabas ni preocupaciones, mis ideas por medio de esa forma de expresión auxiliar que es el dibujo.


Prisionero de la ciencia pictórica, y agobiado por los gustos y tendencias de los demás, tal vez no quede bien sentando aquí que no soy pintor -ése sí que debe dominar la técnica de la pintura, como yo la del baile-, sino un bailarín que expresa sus danzas por medio de ese lenguaje que se llama dibujo.


Si yo fuese un técnico de la pintura, me encontraría, como tantos otros, cohibido y atado por un saber agobiador. Para liberarse de él preciso es ser un genio, como ese brujo de Pablo Picasso, verdadero monstruo de los colores pintados y de las rayas sin pintar, como en cierta ocasión le llamé yo.


Cuando ese hombre -auténtico Manolete de la pintura- baje al sepulcro, a la tierra que se llevará el secreto del a pintura, al modo que Antonia Mercé "La Argentina" se llevó, el 18 de julio de 1936, el secreto de sacar sonidos, diferenciados hasta el infinito, y ritmos incontables de esos pedacitos de madera vulgarmente llamados castañuelas. Se dijera que en sus manos quedan hechizados, logrando que hablasen todas las lenguas y canturreasen todas las coplas. Del mismo modo se llevó "Manolete", en la madrugada aquella del 29 de agosto de 1947, el hondo misterio de su toreo, todo él de oro macizo, sin trampa ni cartón, ni faroleos, ni purpurinas de quincallería.


Vicente Escudero

Dibujo de portada, colección particular de Brigitta L. Merki

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