Historias de la danza: Adolf Bolm


Bolm había sido el gran bailarín de carácter en la primera temporada de Diaghilev en París. Creó papeles protagónicos en El Principe Igor, Thamar, Sadko y Carnaval, y siguió a Nijinsky en Scherazade, El Pabellón de Armida y Petrouchka. En 1916 vino a los Estados Unidos con su troupe y cuando la compañía regresó a Europa, él se quedó y tomó a su cargo, primero el ballet del Metropolitan Opera House y luego el de la Opera de Chicago.



Formó su "Ballet Intimo" y recorrió el país con la Barrère Little Symphony; más tarde realizó una extensa tournée por Sudamérica y los Estados Unidos con Ruth Page como principal bailarina. Años antes de que yo ingresara en su elenco, se estableció en Chicago, donde enseñaba y dirigía. Su tournée era un acontecimiento anual.



Aquella en que yo participé fue la última que hizo. Era un gran bailarín, pero a mi juicio jamás había sido gran coreógrafo. La edad, las responsabilidades de familia y el terrible agotamiento propio de su profesión estaban hundiéndolo poco a poco. En la época en que yo lo conocí daba la impresión de ser incapaz de cumplir dignamente las funciones propias de un empresario. Y pese a toda su buena voluntad, a su bondad extraordinaria y al apoyo de su notable adiestramiento, se quedaba muy por debajo de sus sueños.



Muchos grandes rusos han pasado por ese patético ciclo. Preparados y mimados en la enorme organización de su teatro, servidos por las mentes más privilegiadas de su generación, al libertarse los consternaba el comprobar cuanto se logra por la colaboración de otros y qué inútil se vuelve uno de pronto.



Después de la muerte de Diaghilev, el Ballet Ruso se desplomó completamente y los ejecutantes malgastaron sus esfuerzos en dispersa confusión durante cinco años, hasta que Massine los reorganizó. El predicamento de las estrellas estaba compuesto por una natural altanería y un desprecio absoluto por toda otra forma de baile, lo cual es una característica de la Escuela Imperial Rusa de Ballet; no, quiero ser más precisa: de cualquier escuela europea de ballet.


Esta altanería era, a mi juicio, un escudo contra su consternación y su anonadamiento. El había tenido todas las doradas oportunidades que los Estados Unidos podían ofrecer, y allí estaba, sin embargo, inexplicablemente, con un grupo de discípulos mal elegidos, en una tournée de segunda categoría. Su entusiasmo estaba desfalleciendo un poco.

Era un hombre impulsivo, apasionado, que sentía verdadero afecto paternal por sus pupilos y pupilas. Estos lo amaban, pero no era ese motivo suficiente para convertirse en buenos bailarines.



¡Que espectáculo el verlo, de pie en la plataforma de la estación, mientras el cargador reunía los paquetes y cajas de su heterogénea compañía! Y los componentes de esa compañía, fatigados y locuaces detrás de él, se disputaban la distribución de camas.



En Chicago, Des Moines, Louisville, Montgomery, Hollins, Macon y Pittsburgh vi a Bolm en la plataforma, suelta la bufanda, y el deforme sombrero de fieltro echado hacia atrás sobre la cabeza, con la frente bañada del sudor provocado por la prisa y la confusión, insistiendo en que nos reuniésemos y tratásemos de recordar las cosas que él, sin duda alguna, se habría olvidado. Nos contemplaba con una mezcla de cariño y decepción.


Pensaba sin duda que aquello tendría que haber sido la compañía de Diaghilev, y la estación, la Gare du Nord. ¿Qué triste y decreciente sucesión de hechos había substituido a Karsavina, Nijinsky, Pavlova, Rubinstein y Lopokova por Hattie, Totti, Daisy y Bill?


AGNES DE MILLE

"Dance to the Piper"(1951)

Cap. XIII,(La profesión). Págs 133,134

Texto y fotografías seleccionados por Luis Antonio Valdivia Durán

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