Historia de Gabriela Ortega contada por Mercedes Formica


Leer abre brechas en el tiempo, siempre se descubren nuevas historias, nuevos personajes procedentes de mundos que ya no existen, pero que de una manera o de otra, el presente se encarga de devolvérnoslos con una visión muchas veces maniquea de la realidad.


El ser humano tiene tendencia a crear mitos, y uno de los elementos infalibles para erigir esta construcción es la muerte temprana. Sin embargo, en cada alma humana habitan luces y sombras. Muchas veces depende de dónde se sitúe el foco de la posteridad. Unos son borrados, otros ensalzados. El historiador Andrés Trapiello lo define muy bien en una frase: “Los que ganaron la guerra perdieron en los manuales de literatura” o “los que perdieron la guerra ganaron en los manuales de literatura”, que leo citado en el prólogo de las excelentes memorias de Mercedes Formica (1913-2002) publicadas bajo el título de “Pequeña historia de ayer” (Ed. Renacimiento 2020), firmado por Miguel Soler Gallo.


A esta prolífica escritora y jurista, luchadora por los derechos de la mujer, se la trató de ignorar, incluso de quitar su estatua de las calles de Cádiz, su ciudad natal. Sin embargo, este fracasado intento produjo el efecto contrario. La polémica suscitada rescató su figura del olvido y suscitó un renovado interés por su obra.

Mercedes Formica, escritora y jurista

Su libro de memorias es interesantísimo y su lectura me ha proporcionado nuevas piezas que van completando el puzzle de la realidad sobre las biografías de artistas de la danza que suelo investigar. Estos descubrimientos deseo compartirlos con mis lectores a fin de que sigan acompañándome en esta especie de “viaje por las almas”, ya que no hay excursión más apasionante, a pesar de estar forzosamente incompleta, pues nadie puede ser comprendido por otro de sus semejantes en toda su dimensión.


Comenzaré ahora por el primer artículo de una historia que me ha impresionado muchísimo, que la escritora narra sobre Gabriela Ortega Gómez (1915-1995), una artista que, a pesar de su linaje, no está suficientemente recordada.

Gabriela Ortega Gómez

Para poder ubicarla, hay que diferenciarla de su abuela del mismo nombre, Gabriela Ortega Feria (1862-1919), la célebre “señá Gabriela” madre de la dinastía de los toreros Gallo, que tuvo seis hijos, tres varones: Rafael, José y Fernando; y tres hijas: Dolores -que se casó con Ignacio Sánchez Mejías- Gabriela y Trini. Pero como la rama al tronco sale, este fructífero árbol produjo y produce incansablemente sus excelsos frutos de toreros y artistas desde el año 1840 hasta nuestros días. Hay tres "Gabrielas": abuela, hija y nieta, comparten el mismo nombre.


La nieta, de la que trata este artículo, Gabriela Ortega Gómez, fue una artista de pura sangre, con esa personalidad arrolladora de quien nace así y de dónde nace. Es un claro ejemplo de artista inclasificable, tan original que no bailaba sino que más bien interpretaba; no cantaba, sino que declamaba. Se la define como recitadora flamenca aunque ella prefería calificarse a sí misma como representante de la “escuela de juglares”… Fue pionera en dotar de ritmos flamencos a la poesía. El milagro de Youtube nos da una idea de como era con este "un, dos tres", en el que a pesar de su avanzada edad y de que ya no danza, su arte no se resiente.

Podemos compararla con el baile recitado que hacía de joven para apreciar ese milagro de la transformación de quien nace artista y nunca puede dejar de serlo.

A Gabriela Ortega Gómez poetas como Rafael Alberti le compusieron versos ("Burlillas de Cádiz para Gabriela Ortega"). Mercedes Formica escribe que nadie declamó como ella los versos de Lorca y nos cuenta su drama, así como el trato injusto que tuvo Ignacio Sánchez Mejías con aquella niña, sobrina de su mujer. La escritora lo relata así:


<<La señá Gabriela había muerto. Poco después la siguió Joselito, desangrado en Talavera por un toro Miura. Quedaba la hermana mayor, casada con su primo, El Cuco, arrogante banderillero, de talento natural que aprendió a leer en las cajas de cerillas.


La temporada que precedió a su muerte, José escribió a su madre, ponderando las cualidades de su hombre de confianza y cuñado: “De todos es el mejor, siempre queda bien. Gabriela ha tenido mucha suerte”. Y aquel verano durante la Semana Grande de San Sebastián, lo llevó consigo, de igual a igual a la residencia de los Marqueses de Urquijo, en Llodio.

Boda de Gabriela Gómez Ortega con su primo hermano Enrique Ortega, el Cuco

Sin embargo, El Cuco guardaba un secreto. Su viejo amor por Pastora, cuando la muchacha solo “hacía cara” a matadores, príncipes y magnates.


La vida del matrimonio transcurría serena, en una casa confortable, alegrada por los hijos. Inesperadamente, la felicidad se truncó. Gabriela intuyó que otra hembra echaba los tejos a su marido.


El Cuco, siempre cariñoso y enamorado la miraba con desprecio, impulsado por una especie de rencor. Su confianza de otros días había dejado paso a sospechas:


-¡Hipócrita, eres una hipócrita!-gritaba de pronto-.Toda Sevilla sabe que, antes de casarte conmigo tuviste que ver con El Niño de la Audiencia.


Gabriela se defendía desecha en lágrimas:


-¿Qué dices? He sido más virgen que María Santísima. Porque me gustaba serlo y porque mi madre no hubiera consentido otra cosa.


-¿Vas a negarme la verdad? El dinero que te daba Rafael, para su casa, se lo entregabas de noche a tu querido.


Gabriela caía sobre la cama.


-Alguien que me aborrece te vuelve contra mí.


Golpeada, bañada en sangre, no sabía a quien pedir auxilio. ¿Qué había pasado para que su vida se convirtiese en un tormento?


En ocasiones, El cuco parecía calmarse; cuando esto sucedía escondía su cabeza entre las manos.


-Es cosa del cigarro que ella misma me lía-murmuraba.


Una noche besó amorosamente a Gabriela.


-¡Perdóname!-suplicó-.¡Perdóname todo el mal que te hago!


De madrugada se levantó. Agarró un cuchillo, bien afilado, y lo hundió varias veces en el pecho de la mujer buscando su corazón. El alarido de Gabriela despertó a los hijos. La niña corrió en su ayuda. Un navajazo brutal le hizo perder el sentido. Creyéndola muerta, El Cuco abrió el balcón y se arrojó a la calle.


Murió en el acto, ante la mirada estremecida de las criaturas. La muchacha ha creído siempre que sus padres fueron víctimas de una venganza, y más de una vez me tiene referido detalles de aquel momento:


-Nadie nos miraba a la cara. Pasamos necesidad y mi tío Ignacio prohibió el trato con nuestros primos”>>

Enrique Ortega, el Cuco, padre de Gabriela Ortega

Aquella niña era la “recitadora” Gabriela Ortega, quien le cuenta esas vivencias a Mercedes Formica. La escritora era en su juventud muy amiga de los hijos de Ignacio Sánchez Mejías, María Teresa, llamada familiarmente Piruja, y José, frecuentando su finca de Pino Montado donde pasaron momentos maravillosos. Y reflexiona (pág. 104):


Nunca me pregunté por qué no frecuentaba la finca otra sobrina de su dueña, Gabriela Ortega, la más cabal intérprete del Romancero gitano. Ella me lo contaría años más tarde. Por aquellas fechas apuraba tragos amargos el drama vivido por su familia. Ignacio, que deseaba para sus hijos un ambiente sin estridencias, rechazaba el de sangre y cuchillos que había rodeado a Gabriela y la mantuvo alejada de Piruja y José, lo que para la joven significó ser arrojada del paraíso.”

Y, si tal y como afirmaba Óscar Wilde, “la vida imita al arte”, pienso que el secreto oscuro y vibrante de la voz irrepetible de la recitadora era que no se limitaba a decir los versos de Federico, sino que declamaba su propia existencia de drama lorquiano.


Gabriela Ortega Gómez era la poesía misma.


MERCEDES ALBI








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