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In memoriam de Ángel Pericet, su última entrevista (mayo 2010)

Ángel Pericet nos invita a conocer su casa de Madrid, cercana a la Puerta de Toledo. La tarde resplandece y el sol se filtra por los balcones iluminando las paredes vestidas de recuerdos. Su hermana Carmelita nos sirve café con pastas, y aunque acabamos de conocernos, somos recibidos con misma calidez con que son bienvenidas las visitas de toda la vida. Una hermosa gata siamesa se esconde tímida y ronronea, pero escapa ante nuestra conversación que va haciéndose más y más bulliciosa, hasta que los programas de pasadas actuaciones se desparraman por la mesa, y el maestro ríe trayendo a la memoria las anécdotas de una existencia plena.


Ángel Pericet supo hacer de su vida un arte, y como los tesoros no se pueden esconder, jamás dejó indiferente a aquellos que le vieron danzar. Dibujado por ilustres artistas, alabado por la pluma de los literatos, sería por mi parte una osado relatar sobre alguien a quien Rafael Alberti dedicó un poema, y del que el dramaturgo Alejandro Casona escribiera: “Pericet tiene todas las pinceladas de una buena antología regional de España. En las cuatro puntas: majeza aragonesa, lirismo de Galicia, luz de Levante, sal de Cádiz. Y en el centro, el garbo goyesco, hecho de gracia natural y sencillez difícil, como toda la elegancia verdadera”.


Me limito a comprobar que es cierto, que no necesito verle bailar para darme cuenta.


 

-¿Cuánto hace que se retiró, maestro?

 

-Hoy, justamente, se cumplen los 5 años de mi retirada de los escenarios. Fue el día 5 del 5 de 2005 y quise despedirme en el Teatro Avenida de Buenos Aires, lugar en el que debuté en Argentina. Y para redondear el número 5, hice cinco funciones a teatro repleto. Muy emocionante.

 

Nunca he dejado de bailar, por lo que me despedí bailando, y he tenido la enorme suerte de mantener las condiciones físicas que me posibilitaron no variar mi repertorio hasta los 77 años, incluso, compartiendo escenario con chicos de 20.

 

-Entonces, ¿Comenzó su carrera en Argentina?

 

-No, debuté en el Teatro Español el día 18 de febrero de 1947, en un recital de danza donde actué como partenaire de Elvira Lucena. Por aquel entonces toda mi familia vivía en Madrid. Mi abuelo, Ángel Pericet Carmona, y mis tías tenían la academia de la calle Encomiendas, 10; y la de mi padre estaba en la calle Santa Casilda.

 

-¿Cómo fue que toda la familia Pericet se había trasladado a Madrid?

 

-Fue a consecuencia de la Guerra Civil. Nosotros la pasamos con nuestro padre en Sevilla, y mi abuelo y el resto de la familia estaban en Madrid y tuvieron que huir a Valencia. La gran angustia que pasó mi padre al estar tres años sin noticia alguna de sus familiares, le hizo querer vivir siempre en la misma ciudad para no volver a separarse.

 

Mi abuelo montó su academia madrileña en un local emblemático que siempre había estado dedicado a la danza. Antes que de él fue de los Cansino, la familia de Rita Hayworth. Me duele que en este edificio no haya ni una placa recordando la historia del lugar.

 

Si hasta en Sevilla han quitado la placa de la academia de la calle Viriato, 3, regentada por mi tío, y que estuvo colgada desde 1905 hasta el año 2006.

 

-¿Es cierto que usted quería ser pianista y no pensó nunca en ser bailarín?

 

-Sí, yo terminé la carrera de piano en el Conservatorio de Madrid con la máxima calificación, pero cuando bailé en el Español, me aplaudieron tanto… Yo nunca tuve consciencia de haber aprendido a bailar, porque mis hermanos y yo nos criamos en la academia de danza bolera, y ésta fue para nosotros algo tan natural como andar o hablar. La danza en la familia Pericet es algo innato con una raíz lejana que se hunde en los siglos.

 

-¿Era la danza su destino?

 

-La danza me abrió de repente todo un mundo, el éxito, la posibilidad de viajar, tener dinero (en una época en la que escaseaba mucho). Y nada más aparecer en escena ¡Me ofrecieron trabajo en tres compañías! Elegir entre tres contratos distintos, es algo que ya no me ha vuelto a suceder nunca (ríe).


-¿Cuáles fueron estas tres compañías?

 

-La de Pilar López, la de Vicente Escudero y la de Estrellita Castro, que se llamaba Compañía Romería.

 

-¿Por cual se decidió?

 

-Toda mi vida he sentido no haber elegido la Compañía de Pilar López, pero ella tenía dos grandes bailarines que eran Manolo Vargas y José Greco, y yo no habría podido ocupar la cabeza de cartel. No me hubiera importado, sino hubiera sido por mi apellido, pero no lo puedo colocar, por respeto a mis antepasados, debajo de otros artistas. Así que entré en la compañía de Estrellita Castro, e hice mi primera coreografía a los 19 años.

 

-¿Cómo tituló su primera coreografía?

 

-“La Academia de Baile en Sevilla” y fue con la música de “ El Baile de Luis Alonso”. Luego coreografié las “Goyescas” completas de Granados.

 

-¿Cuál considera su mejor coreografía?

 

-Para todos los coreógrafos, su mejor obra es la última, y mi última fue “El Fandango del Candil” con música del Padre Soler. Hay coreografías que envejecen y otras sobre las que no pasa nunca el tiempo, y se pueden interpretar siempre porque emocionan al público como el primer día. Quizá las más emblemáticas de mis obras sean “La Academia de Baile en Sevilla” y “España” de Chabrier.


Serge Lifar con Ángel Pericet y la famosa bailarina norteamericana

 

-¿Y la más aplaudida?

 

-Hubo una pieza que pasará como uno de los tres grandes hitos que se han producido en el Teatro Colón. Verás, en este teatro están terminantemente prohibidos los bises. En la historia del Colón, tal como consta en sus anales, sólo ha biseado en tres ocasiones: Nureyev, al que le salió mal una pirueta y quiso repetirla, por lo que fue multado; un solo del gran tenor Tito Schipa; y la nuestra.

 

-Me deja intrigada, cuéntemelo.

 

-Me encargaron coreografiar el fandango de la Zarzuela “Doña Francisquita”. Salimos a danzar mis hermanos y yo, cada uno desde un extremo del escenario, y nos juntábamos en el centro bailando ¡Y se armó una! El público del Colón empezó a aplaudirnos con tal insistencia que no sabíamos qué hacer, si salir, si entrar… No paraban. Todo el teatro puesto en pie. Y el maestro bisó, “no quiero que me maten”, exclamó.

 

-Su propia compañía ¿Ha sido siempre de ballet de cámara junto con sus tres hermanos?

 

-Desde que en el año 59 decidí montar compañía, han sido muchos los avatares y etapas de nuestra formación. He tenido bailarines, he ganado dinero, también me he arruinado, etc… Lo normal en la vida de artista, pero finalmente, debido a las dificultades de mantener un conjunto numeroso -porque siempre te faltaba alguien y había tantos problemas de última hora- preferí centrarme en un conjunto de cámara de dos parejas: Amparo y Eloy, y Carmelita y yo.

 

A los dos años de casarse, Eloy dejó los escenarios y lo sustituimos por José Zartman, bailarín argentino de origen alemán, solista del Teatro Colón, que ha estado todo el tiempo con nosotros.

 

-¿A qué piensa que se debe su enorme popularidad en Argentina?

 

-Realmente, es un país que me cautivó desde el primer momento y en él he desarrollado el grueso de mi carrera artística. Nada más debutar en el Teatro Avenida con la Compañía Romería, me acogieron con gran afecto los exiliados españoles que solían hacer la tertulia en el café del teatro –el Café Español, por cierto- ¡Y qué personajes! Rafael Alberti y María Teresa León, Alejandro Casona, Enrique Suárez de Deza, Ezequiel y Elisa Aguilar, dos de los hermanos componentes del célebre Cuarteto Aguilar… Allí se conversaba de todo, de teatro, de literatura, de la guerra… Un tema frecuente era recordar a Federico García Lorca.

 

 Estaban tan sorprendidos por mi forma de bailar bolero, ya que nunca lo había visto, que se entusiasmaron y me brindaron su amistad.

 

-¿Nunca habían visto en España bailar estilo bolero?

 

-La escuela bolera, si existe, es gracias a que mi abuelo, Ángel Pericet Carmona, la conservó, porque en los años 30 lo que se estilaba era el género de las varietés y la danza bolera estuvo a punto de desaparecer. Mi abuelo fue quien mantuvo la chispa que volvió a prender la llama.

 

-¿Quién encendió la llama?

 

-Compañías como la de Pilar López, y otras que surgieron como la de Rosario y Antonio. Cuando Pilar vino a España a enterrar a su hermana Encarnación, la Argentinita, fue Edgar Neville el que la convenció para que reorganizase la compañía. Pilar fue la gran artista que elevó el género de la danza española a la escena moderna, utilizando los medios teatrales necesarios y con rigor. Con ella se desterró el período funesto de las varietés y el baile español alcanzó una categoría que casi había perdido, inaugurando una nueva etapa de esplendor.

 

-Rafael Alberti le dedicó un poema.

 

-Sí, nosotros estábamos actuando en el Teatro Odeón de Buenos Aires, donde hacíamos una temporada de seis meses seguidos, y nos solicitaron ceder un día el escenario para celebrar el 60 aniversario del poeta, a lo que accedimos gustosos, y además bailamos unas alegrías de Cádiz en su honor. Mientras nos aplaudían Alberti subió a darnos las gracias y leyó ante el público el poema que me había escrito. Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.



-Usted ha sido amigo de los grandes intelectuales de su tiempo.

 

-He conocido a tanta gente maravillosa… Recuerdo a Rivas Cheriff, a Juan Ramón Jiménez, que me llamaba “Pellicer” y me preguntaba si yo era valenciano… Muchos personajes célebres imposible de enumerar. Imagínate que fui amigo del Che Guevara y no me enteré de que se trataba del Che hasta que ya había muerto.

 

-¿Cómo fue eso?

 

-Un día vino a verme un hombre que muy sigilosamente me pidió una entrada para la función, y me dijo que habíamos sido amigos. Me habló de una velada en que acudimos a escuchar un disco -la música de “Noches en los Jardines de España” de Falla- en casa de los sobrinos de Ezequiel Aguilar con Ernesto. Y yo le pregunté: “¿Qué Ernesto?”; él, sumamente extrañado, exclamó: “¿Qué Ernesto va a ser? ¡El Che Guevara!”. Me quedé estupefacto. Entonces vino a mi mente aquel Ernesto, un amable estudiante de medicina a quien yo jamás hubiera relacionado con el guerrillero.

 

Recuerdo que le conocí en la ciudad de Córdoba. Era Semana Santa. Me lo presentaron, y al saber que yo era muy creyente, me invitó a conocer las iglesias. A la mañana siguiente recorrimos juntos un itinerario por todos los templos de la ciudad. Así que he sido amigo del Che Guevara ¡Y no lo he sabido! (ríe) Nunca me interesó la política.

 

Me gustaría que escribieses una cosa.

 

-Por supuesto, dígame.

 

-Es por si alguien lee esto y me puede ayudar a recuperar unas fotos antiguas de las representaciones de mi abuelo. Era una colección de siete u ocho fotografías de unos “bailetes” obra suya, titulados “El Pintor y la Maja”; “De Vuelta de la Corrida” y “El Payaso y la Maja”. Estas imágenes de fines del siglo XIX serían muy útiles para ver la evolución del traje bolero, ya que con posterioridad al periodo romántico las faldas perdieron vuelo y eran diferentes del modelo con dos volantes que luce Fanny Elsser. Por eso sería de gran utilidad recuperar esta colección, si alguien la tuviera.

 

Pienso que mi tía Luisa se las debió regalar a alguno de sus alumnos predilectos. Hablé con Udaeta, pero él no las tenía; tampoco Tona Radeli; tal vez pudiera saber algo Ana Ricarda, una maravillosa bailarina inglesa que vino a España con los Ballets del Marqués de Cuevas. Por favor, si alguien las tuviera me alegraría tanto poderlas recuperar…


-No se preocupe, que lo voy a escribir, y si aparecen las fotos nos avisa para que todo el mundo pueda verlas. Y usted que ha tenido una vida tan rica en éxitos y experiencias ¿Cuál cree que ha sido su objetivo o el motor que le llevó a hacer tantas cosas?

 

-¿Mi finalidad?... Pienso que la más importante ha sido una: nunca perseguí la gloria como un bien personal, sino para homenajear el arte y el saber de mis antepasados.


MERCEDES ALBI

(Madrid, mayo 2010)

 

 

 

 

 

 

 

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