La historia de Pastora Imperio y Rafael, el Gallo contada por Mercedes Formica

Rafael, el Gallo y Pastora Imperio

En en el poliédrico relato de la realidad, son especialmente valiosos los testimonios que dejaron escritos aquellos que conocieron a los protagonistas de las antiguas historias.


La escritora Mercedes Formica en sus memorias "Pequeña Historia de ayer", narra la complicada relación de amor y celos protagonizada por la gran bailaora Pastora Imperio y el torero "Rafael, el Gallo".


Reproducimos su texto, si bien, hay que precisar que todo relato son meras aproximaciones a una realidad de la que solo perduran retazos, y tal y como advertía el gran Dostoievski: "No olvidemos que las causas de las acciones humanas suelen ser inconmensurablemente más complejas y variadas que nuestras explicaciones posteriores sobre ellas"


Pastora Imperio

<<Cuando los Gallos estaban en su apogeo, Rafael se prendó de Pastora Rojas, hermosísima criatura, llamada en el mundo del espectáculo, Pastora Imperio. Al decir de la propia Gabriela Ortega, la que luego sería su tía política era una buena cupletista, pero «cuchimí», esto es, calé entreverada de paya. La madre de Pastora había sido bailaora de fuste, de ahí su nombre de Mejorana. La mejor, Ana.


Nacida en el corazón del gaditano barrio de Santa María, se había casado con un sastre de toreros, llamado Víctor Rojas, propietario de un taller en la plaza de San Antonio. De la unión nacieron dos hijos, Pastora y Víctor II, guitarrista de su famosa hermana. Siguiendo el relato de Gabriela, la Mejorana no vio con buenos ojos la boda de Pastora y Rafael. La muchacha se encontraba en la cúspide de su carrera y, aunque el Gallo era ya figura, la madre pensaba que su hija podía llegar más lejos, tal vez a las cercanías de un trono. Aquel en­lace truncaba sus ambiciones, sobre todo conociendo los propósitos de Rafael de alejar a Pastora de las tablas. La madre de los Gallos tampoco simpatizaba con su futura consuegra y, en víspera de bodas, determinó:


—¡Que lo sepan todos! A la señá Gabriela no la retratan los perio­distas junto a la Mejorana.


Boda de Pastora Imperio y Rafael, el Gallo (1911)

El casamiento tuvo efecto, y las revistas de la época muestran una pareja magnífica, tocada por la gracia. Pastora luce vestido de raso negro, velo blanco, prendido de azahar, cuerpo de junco, ojos de agua. Rafael, traje de alpaca y camisa de chorreras.


De acuerdo con los deseos del marido, los recién casados se instala­ron en la Alameda de Hércules, en una casa pared por medio a la ocu­pada por la señá Gabriela y sus hijas. Por si fuera poco, las viviendas estaban comunicadas a través de una puerta interior. Lo que quiere de­cir que el Gallo había encerrado, en un reducido espacio, a dos fuerzas de la naturaleza: su madre y su mujer.


Discurrieron pocas semanas. Rafael había vuelto a los toros y, lejos de los escenarios, Pastora se aburría. No aliviaba su tedio la compañía de los suyos, pues los celos del Gallo les habían cerrado las puertas del nuevo hogar. El torero pretendía convertir a su mujer en un miembro de la familia, olvidando que había sido la primera en el mundo del espectáculo.


Rafael, el Gallo y Pastora Imperio

La obligó a llevar la cara sin maquillaje, a ponerse un delantal, a permanecer en el patio, cosiendo, sentada en una mecedora, aguardan­do el regreso del marido en compañía de suegra y cuñadas.

«La mujer casada, en casa, con la pierna quebrada», repetía Rafael. Semejante conducta suponía la absorción de una personalidad tan bri­llante, como la de Pastora Imperio, para reducirla a Pastora Gómez Ortega.


En su deseo de anularla, el Gallo no le daba dinero, y hasta los gas­tos diarios quedaron fuera de su control. Era Gabriela, la hermana de Rafael, la encargada de dirigir el nuevo hogar.


Sin embargo, la Mejorana acechaba. Experta en cazuelas y bebe­dizos, conocía como nadie la fuerza del instinto. En opinión de la vieja bailaora, había que dar «una vuelta a la sartén» y, en lugar de que su hija viviese con los Gallos, avasallada por ellos, fuese Rafael quien se viniese con los Pavón. Impulsada por esta idea, puso en práctica sus propósitos.


El torero empezó a recibir anónimos de este talante: «La camisa que hoy lleva Pastora es negra, con encajes rosas. Adivina quién sabe todo eso de tu mujer». El hombre mordía el engaño. Cegado por los celos, se precipitaba sobre la bailaora. Le arrancaba la blusa hasta dejar al des­cubierto la prenda descrita en el papel. ¿Quién, si no un amante, podía conocer la intimidad de aquella criatura? Los nervios destrozados, una nube en el cerebro, Rafael cometía auténticos desmanes. Abofeteaba a la muchacha, acusándola de infidelidad, la humillaba delante de las otras mujeres de la casa, hasta convertir su vida en un infierno. De nada valían las protestas de Pastora, falta de culpa. Enamorada hasta el tuétano, apenas salía a la calle.

Rafael, el Gallo y Pastora Imperio

Cuando la violencia se calmaba, un nuevo papel reavivaba la hoguera: «Las “naguas” blancas que ahora llevan tienen un pliegue por la parte del culo». «Las ligas son rosas, con capullitos de pitiminí. El sostén, azul». El torero reanudaba los golpes, los insultos, las maldiciones. Pastora no cesaba de llorar. «Ese lunar que tanto te gusta, me lo tengo comido con la lengua millones de veces». Hasta que la mujer, en el límite de las fuerzas, buscó refugio junto a su madre. De noche y de día lloraba sin consuelo. No perdonaba a Rafael que hubiese dudado de ella.


La Mejorana la tranquilizaba:


—Seca tus lágrimas, que ahora tienes las riendas en las manos. Ese hombre no puede vivir sin ti. Volverá, y cuando vuelva, le pones tus condiciones. Cruz y raya a la casa de la Alameda.


Erró la Mejorana. El Gallo no había nacido para suplicar. Y, retor­ciéndose las entrañas, nunca buscó a Pastora. Si su mujer se había ido de su vera, quebrando juramentos sagrados, que se fuera. Si quería vol­ver, que lo hiciera pidiendo gracia. ¡El Gallo no se rebajaba!


Cincuenta años más tarde continuaba obsesionado por aquella deserción, hasta el punto de morir con el nombre de Pastora en sus labios. (...)>>


MERCEDES FORMICA

"Pequeña historia de ayer", págs. 105-7

Ed. Renacimiento



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