La solemnidad de la belleza, Cia. de Cristina Cazorla (crítica)
- 2 may
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No puede haber mejor forma de celebrar el Día Internacional de la Danza que viendo bailar a Cristina Cazorla con su compañía en “Danzas Solemnes”. Fue en el Teatro Juan Prado ante un público que, sin ser habitual de la danza, se puso en pie.
El público que no era habitual de la danza, se puso en pie
Muchas veces la carne supera cualquier artificio, no se necesitan excesivas complicaciones y sí mucha alma para cautivar como lo hicieron ellos. A Cristina la acompañaban dos parejas de bailarines: Javier Moreno, Susana Algora, David Acero e Isabel Serrano. Estaban envueltos en un halo que al principio parecía algo oscuro, porque la primera pieza, con sello bolero y danzas cortesanas, la sentíamos más luminosa en nuestro imaginario, pero la función del artista consiste en revelarnos nuevos ámbitos. Y vaya si lo lograron.
“Danzas Solemnes” se estructura en tres partes: la primera titulada “Orimel” fue creada por Cristina para el Certamen Coreográfico de 2019, y la ha madurado sus distintas evoluciones en solos, dúos, trío y grupal, con música de jácaras, españoletas, fandango… donde los bailarines lucen su dominio del clásico español.
La segunda parte del espectáculo es el Concierto de Aranjuez y en su adagio Cristina se vuelve inolvidable
Ese carácter cortesano queda enlazado a la perfección con la primera parte del “Concierto de Aranjuez” de Joaquín Rodrigo. Pero entonces irrumpe la música del famosísimo adagio y Cristina se torna inolvidable.
Han sido muy numerosas las interpretaciones dancísticas del hermoso adagio, desde que Pilar López estrenase el ballet en 1952 y se consolidase dentro del repertorio del Ballet Nacional de España.
Cristina Cazorla hace suyo el adagio del Concierto de Aranjuez
Cristina Cazorla lo hace suyo, se adueña del adagio. Quizá el pasado sea solo parte de una evolución que hace posible que en la reinterpretación de la misma se acceda a un más allá. Cristina casi prescinde de todo, del mantón, de las castañuelas… de lo que no prescinde es de la luz y del juego de su traje (de una tonalidad monocroma en grises verdosos parecida al que usó Dª Pilar) con una bata de cola, de la que terminará despojándose y bajo la que se ocultará. La luz es un haz que se abre sobre ella, un punto luminoso que se expande, concentrado en el eje de su cuerpo.
El adagio del concierto lo baila con indescriptible elegancia y expresividad, acentuando el dramatismo de la escena a base de lentos cambrés y brazos alados… Hechiza. Y si cuando se danza esta pieza nos acude a la mente Pilar López, me atrevo a afirmar algo -que no resultará osado a los que lo hayan visto- a mí quien se me apareció fue Anna Pavlova. Entonces comprendí. Si en un tubo de ensayo pusiéramos a Pilar López y a Anna Pavlova, más un algo especial contemporáneo, y agitásemos la mezcla, obtendríamos a Cristina Cazorla, la Pavlova de la Danza Española.
Cristina Cazorla es la Pavlova de la Danza Española

La tercera parte de Danzas Sublimes se titula “Danzas Gitanas”, y ese aire más andaluz que entra en escena no disminuye para nada la cota de elegancia alcanzada en el Concierto de Aranjuez, como se aprecia en la pieza “Benamor” en la que Cristina, portando un sombrero cordobés, es flanqueada por los dos bailarines.
El lirismo se va tornando ágil y vistoso, con coreografías variadas y muy bien ejecutadas que nos conducen al final de un espectáculo que desearíamos volver a ver.
Cristina Cazorla cuenta en las redes que, desde niña, su deseo era tener una compañía de danza bolera, y lo ha conseguido. Es allí donde brilla, pues la vocación no es otra cosa que aquello que nos conecta con nuestra verdadera naturaleza.
MERCEDES ALBI


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