Una Bella Otero que marca época


Contar la vida de una mujer como Carolina Otero sobre un escenario es una empresa difícil. Demasiados avatares, demasiadas historias que narrar. Para un dramaturgo ya sería un desafío contando con el apoyo de la palabra. Pero el Ballet Nacional de España lo ha logrado ayudándose tan solo de la danza, su cauce natural de expresión, y ha llevado esta empresa a buen puerto dirigido por su actual timonel, Rubén Olmo, que ha sabido reunir en un escenario las claves del mito y de la realidad de quien fue la musa de la Belle Époque.


Todo se confabula en esta nueva producción del BNE para que el público le brinde la misma entusiasta acogida con que lo recibió la pasada noche de su estreno. Todo ha sido considerado meticulosamente para dar el máximo.


El vestuario de Yaiza Pinillos es, sencillamente, magnífico. En unos tiempos en los que, incluso la ópera, redunda constantemente en clichés minimalistas, cuando no se cae directamente en los harapos, la Bella Otero recupera la capacidad de embelesar al espectador con unos diseños que, reforzados por la sabia iluminación y la puesta en escena, lo mismo nos transportan al París de la Belle Époque que a la Galicia profunda o a un café cantante, escena ésta que toma como referencia un grabado de Gustave Doré en su viaje por Andalucía.


Patricia Guerrero es una bailarina de enorme versatilidad y talento artístico. Se atreve con todo, hasta canta zarzuela: pero sobre todo baila. Español, claqué... Hasta las danzas sicalípticas -el srtip-tease de la época- que hacían las delicias de príncipes y magnates. No cabe duda de que estamos ante una grandísima artista. Como también lo es su alter ego, Maribel Gallardo, que encarna a Madame Otero, el personaje al final de su carrera, inmersa en su soledad y su tristeza.


La música, debida a varios autores, entre otros, el director musical, Manuel Busto, refuerza acertadamente la línea argumental, de notable fluidez, trazada por Gregor Acuña-Pohl. Las composiciones definen en gran medida los momentos dramáticos, como el suicidio de Jurgens -encarnado por un Fran Velasco que siempre exhibe su elegancia- y en ellas se intercalan piezas ya conocidas en relación con el desarrollo de la trama, como la "Carmen" de Bizet -interpretada por Inma Salomón- que introduce en la obra el "teatro dentro del teatro", mezclando así a protagonista y público. En este sentido, resulta toda una sorpresa la "Mazurca de los Paraguas" de Chueca, que Eduardo Martínez no solo baila, sino que también canta con gracia y estilo castizo, y al que se suma Patricia Guerrero para terminar el dúo entre aplausos, aplausos que serían el preludio de la gran ovación que aguardaba a los artistas al final de la obra.


El director de la compañía encarna al místico Rasputín, al que la Otero intenta seducir en el otoño de su andadura vital, y que demuestra una vez más su enorme talla de bailarín acompañado por la hipnótica danza compuesta por Alejandro Cruz.


Rubén Olmo ha integrado una multiplicidad de estilos, desde la danza folklórica, la zarzuela y el baile español hasta el music-hall, la ópera o el can-can, en una propuesta coreográfica caleidoscópica en la que, sin embargo, logra estar siempre presente, en mayor o menor medida, el latido rítmico de lo español.


El éxito del Ballet Nacional de España está firmemente cimentado en la gran calidad de sus bailarines, en su música, en la riqueza de su vestuario y en su dirección artística. Pero hay algo más: porque La Bella Otero es algo más que danza, es espectáculo.


GABRIEL M. OLIVARES

Fotografía María Alperi

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